En la movilidad corporativa siempre han convivido tres exigencias en tensión: La experiencia de la persona y la familia que se traslada, el cumplimiento del marco normativo en cada jurisdicción y el control de los costos del programa. Las empresas globales han invertido en tecnología y en datos para equilibrarlas, y aun así la mayoría admite que rara vez logra las tres a la vez. Mover talento de forma adecuada nunca ha sido lo mismo que moverlo rápido, ni trasladarlo a un costo razonablemente bajo.
El debate en las grandes organizaciones ya no consiste en elegir cuál de esas tres exigencias sacrificar. Se ha desplazado hacia una cuarta que las sostiene a todas: la confianza. Confianza en que una visa se obtendrá en el plazo previsto, en que las reglas no cambiarán a mitad de un proceso, en que una decisión administrativa seguirá criterios conocidos. Cuando esa confianza falta, la experiencia del empleado se deteriora, los costos se disparan por la incertidumbre y el cumplimiento normativo navega en una zona gris de difícil previsión. La velocidad sin previsibilidad no es agilidad, es riesgo.
América Latina llega a esta conversación con una oportunidad y una desventaja al mismo tiempo. La reconfiguración de las cadenas de valor y la relocalización de operaciones están buscando destinos cercanos y estables, y la región reúne talento, costos competitivos y cercanía con los grandes mercados. En buena parte de la región, el marco regulatorio cambia con una frecuencia que ninguna empresa puede anticipar, y eso transforma cada proyecto de movilidad en un ejercicio de incertidumbre empresarial.
Aquí conviene detenerse en un concepto que la industria global ha vuelto central. Frente a la incertidumbre, muchas multinacionales están concentrando su talento regional en un hub o centro de operaciones, un país desde el cual operar hacia el resto del continente. La elección de ese hub no se decide por el salario más bajo ni por el mejor discurso de apertura. Se decide por la previsibilidad. Cuánto tardan los procesos, qué tan estables son las reglas, qué tan predecible es la respuesta de la autoridad. En movilidad global, la predictibilidad es una poderosa divisa, y no todos los países la tienen para ofrecer.
Colombia podría aspirar a ser ese hub. Tuvo, de hecho, las condiciones para serlo. Su sistema de visado fue referente por la digitalización y por tiempos de respuesta que se medían en días, un estándar que hoy se ha ido erosionando entre procesos más largos y decisiones con creciente margen de discrecionalidad. En la práctica, cuando una empresa evalúa dónde instalar su operación regional, no pregunta solo cuánto cuesta un profesional, pregunta cuánto tardará en tenerlo trabajando y con qué certeza. Y esa pregunta, cada vez más, obtiene respuestas con menos certidumbre de las que Colombia solía dar.
Recuperar ese terreno no pasa por un anuncio ni por una reforma exhaustiva. Pasa por algo más exigente, que es la coherencia. Aplicar los mismos criterios a casos iguales, cumplir los tiempos que se establecen, cerrar los vacíos que aún generan dudas en materia laboral y tributaria. La confianza de un inversionista no se gana con una norma nueva, se gana cuando deja de preguntarse si el sistema va a responder y simplemente se cumple con la promesa de valor a cambio del cumplimiento de requisitos legales y normativos.
¿Quiere Colombia competir por la inversión, el talento y las operaciones que hoy buscan destino con el único atributo que de verdad inclina la balanza, o prefiere seguir ofreciendo las mismas ventajas que cualquier otro país de la región puede igualar? Ser el hub de la región o quedarse mirando cómo otro país lo es, depende de esa elección.
La confianza tiene una particularidad incómoda: Toma años construirla y basta un trámite mal resuelto para agrietarla. Se demuestra, un caso a la vez, hasta que el mercado deja de dudar. Ese es el trabajo que Colombia tiene pendiente.
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